Andrés Bernáldez, Cura de Palacios, Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel
Capítulo XLIII: Del comienzo de la herejía y del comienzo
de la inquisición y de cuando ovo su inclinación la mosaica
pravedad, y castigo de las ceremonias judaicas
La herética pravedad mosaica reinó gran tiempo escondida y andando
por los rincones, no osando manifestar, y fue disimulada y dado lugar que
por mengua de los Prelados, y Arzobispos, y Obispos de España que nunca
la acusaron, ni denunciaron a los reyes, ni a los Papas según debían,
y eran obligados. Tuvo su comienzo esta herejía mosaica en el año
de Nuestro Redentor de 1390 años en el comienzo del reinado de Castilla
del Rey Don Enrique tercero de este nombre, que fue el robo de la judería
por la predicación de fray Vicente, un santo católico, varón
docto de la orden de Santo Domingo que quisiera en aquel tiempo por predicaciones
o pruebas de la Santa Ley y Escritura convertir todos los judíos de
España, o dar cabo a la inveterada y hedionda sinagoga. Predicóles
mucho a los judíos, él y otros predicadores en las sinagogas,
o en las iglesias, o en los campos; y los rabies de ellos, por la Escritura
de la Santa Ley, profecías y experiencias de ella, todos eran vencidos
o no sabían qué responder. Empero embocados, y con aquella glosa
del Talmud que hicieron los dos rabies Rayate y Ravina, después del
Nacimiento de Nuestro Redentor, cuatro cientos años, la cual tenla
en escritura tanto como diez veces la Biblia, o la enviaron por todo el mundo
dondequier que había judíos para los esforzar, porque veían
de todo caer la sinagoga. y en la dicha glosa había muy grandes mentiras,
y intrincados argumentos. Y así como Moisés en su tiempo hacia,
aquellos dos rabies firmaron aquel grande y descomulgado libro del Talmud;
y pusieron so pena de muerte espiritual que ningún judío sabio,
ni simple, fuese osado contra aquellos preceptos ir ni venir, ni diesen otra
predicación ni otra doctrina, lo cual fue la perpetua damnación
de esta generación; niegan la verdad, o están ignorantes de
ella; y por eso para con ellos es dicho contra negantes veritatem nulla est
disputatio. Así no pudo fray Vicente convertir sino muy pocos de ellos;
y las gentes con despecho, metiéronlos en Castilla a espada, y mataron
muchos, y fue un concierto que fue en toda Castilla, todo un día martes.
Entonces veníanse a las iglesias ellos mismos a bautizar, o así
fueron bautizados y tomados cristianos en toda Castilla muy muchos de ellos;
y después de bautizados se iban algunos a Portugal y a otros reinos
a ser judíos; y otros, pasado algún tiempo, se volvían
a ser judíos donde no los conocían, y quedaron todavía
muchos judíos en Castilla, y muchas sinagogas, y los guarecieron los
señores, y los Reyes siempre por los grandes provechos que de ellos
habían; y quedaron los que se bautizaron cristianos y llamáronlos
conversos; y de aquí ovo comienzo este nombre converso por convertidos
a la Santa Fe; la cual ellos guardaron muy mal, que de aquellos, y de los
que de ellos vinieron por la mayor parte fueron y eran judíos secretos,
y no eran ni judíos ni cristianos, pues eran bautizados, mas eran herejes,
y sin ley, y esta herejía ovo de allí su nacimiento como habéis
oído; y tuvo su empinación y lozanía de muy gran riqueza
y vanagloria de muchos sabios y doctos, y obispos, y canónigos, y frailes,
o abades, o sabios, o contadores, y secretarios, y factores de Reyes, o de
grandes señores. En los primeros años del reinado de los muy
católicos o cristianísimos Rey Don Femando y Reina Doña
Isabel su mujer tanto empinada estaba esta herejía, que los letrados
estaban en punto de la predicar la ley de Moisés, y los simples no
lo podían encubrir ser judíos; y estando el Rey y la Reina en
Sevilla, la primera vez que a ella vinieron y el Arzobispo de Sevilla, Don
Pedro González de Mendoza, Cardenal de España, había
en Sevilla un santo y católico hombre, fraile de Santo Domingo en San
Pablo, llamado fray Alonso, que siempre predicaba y pugnaba en Sevilla contra
esta herejía; éste y otros religiosos y católicos hombres,
hicieron saber a el Rey y a la Reina el gran mal y herejía que había
en Sevilla; sometieron el caso al Arzobispo que lo castigase y hiciese enmendar,
y él fizo ciertas ordenanzas sobre ello, o proveyó de ellas
en la ciudad y en todo el Arzobispado. Puso sobre ello en la ciudad diputados
de ellos mismos, y con esto pasaron obra de dos años, y no valió
nada, que cada uno hacia lo acostumbrado; y mudar de costumbre es apartar
de muerte.
¡0 fera pesima, fomes pecati, nutrimentum facinoris, pabulum mortis!
¡0 bestia fiera, malvada, disforme pecado, nutrimento de traición.
hallamiento de muerte, perdimiento de vida!
Podéis saber que según lo vimos en cualquier tiempo, que esta
fiera pésima es la herejía, y como en aquel tiempo los herejes
y judíos malaventurados huían de la doctrina eclesiástica,
así huían de las costumbres de los cristianos. Los que podían
excusarse de no bautizar a sus fijos, no los bautizaban, o los que los bautizaban,
lavábanlos en casa desde que los traían; y de esto se halló
infinita culpa en el reconciliar de infinitos viejos que no eran bautizados;
y los inquisidores los hicieron o hacían después bautizar. Habéis
de saber que las costumbres de la gente común de ellos ante la Inquisición,
ni más ni menos que era de los propios hediondos judíos, y esto
causaba la continua conversación que con ellos tenían; así
eran tragones y comilones, que nunca perdieron el comer a costumbre judaica
de manjarejos, o olletas de adefina, manjarejos y cebollas y ajos, refritos
con aceite, y la carne guisaban con aceite y lo echaban en lugar de tocino
o de grosura por excusar el tocino; y el aceite con la carne es cosa que hace
muy mal oler el resuello; y así sus casas y huertas hedían muy
mal a aquellos manjarejos; y ellos así mismo tenían el olor
de los judíos por causa de los manjares y de no ser bautizados. Y puesto
caso que algunos fueron bautizados, mortificado el carácter del bautismo
en ellos por la credulidad, o por judaizar, hedían como judíos;
no comían puerco si no fuese en lugar forzoso; comían carne
en las cuaresmas y vigilias y cuatro témporas de secreto; guardaban
las pascuas y sábados como mejor podían; enviaban aceite a las
sinagogas para las lámparas; tenían judíos que les predicaban
en sus casas en secreto, especialmente a las mujeres muy de secreto; tenían
judíos rabíes que les degollaban las reses y aves para sus negocios;
comían pan cenceño al tiempo de los judíos, carnes tajeles
; hacían todas las ceremonias judaicas de secreto en cuanto podían;
así los hombres como las mujeres siempre se excusaban de recibir los
sacramentos de la Santa Iglesia de su grado, salvo por fuerza de las constituciones
de la Iglesia. Nunca confesaban la verdad; y acaeció a confesor con
persona de esta generación cortarle un poquito de la ropa, diciendo:
« pues nunca pecaste, quiero que me quede vuestra ropa por reliquia
para sanar los enfermos ». En Sevilla fue un tiempo que se mandó
que no se pesase carne el sábado, porque la comían todos los
confesos el sábado en la noche, o mandáronla pesar los domingos
de mañana. No sin causa les llamó nuestro Redentor generatio
prava et adultera. No creían dar a Dios galardón por virginidad
y castidad. Todo su hecho era crecer o multiplicar. y en tiempo de la empinación
de esta herética pravedad de los gentiles hombres de ellos, y de los
mercaderes, muchos monasterios eran violados, y muchas monjas profesas adulteradas
y escarnecidas, de ellas por dádivas, de ellas por engaños de
alcahuetas, no creyendo, ni teniendo la descomunión; mas antes lo hacían
por injuriar a Jesucristo, y a la Iglesia. Y comúnmente por la mayor
parte eran gentes logreras, o de muchas artes y engaños, porque todos
vivían de oficios holgados, y en comprar y vender no tenían
conciencia para con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar
ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron
a sus fijos salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer
con poco trabajo. Muchos de ellos en estos Reinos en pocos tiempos allegaron
muy grandes caudales o haciendas, porque de logros o usuras no hacían
conciencia, diciendo que lo ganaban con sus enemigos, atándose al dicho
que Dios mandó en la salida del pueblo de Israel, robar a Egipto, por
arte y engaño demandándoles prestados sus vasos y tazas de oro
o de plata; y así tenían presunción de soberbia, que
en el mundo no había mejor gente, ni más discreta, ni más
aguda, ni más honrada que ellos, por ser del linaje de las tribus y
medio de Israel. En cuanto podían adquirir honra, oficios reales, favores
de reyes o señores, algunos se mezclaron con hijos e hijas de caballeros
cristianos viejos con sobra de riquezas que se hallaron bien aventurados por
ello, por los casamientos y matrimonios que así hicieron, que quedaron
en la Inquisición por buenos cristianos y con mucha honra. De todo
lo sobre dicho fueron certificados el Rey y la Reina estando en Sevilla; partiéndose
desde quedó el cargo del castigo y de mirar por ello al previsor de
Sevilla, obispo de Cádiz, Don Pedro Fernández de Soria, y el
Asistente que entonces quedó en Sevilla, que era Diego de Merlo, para
tolerar tan grande mal, y quedó fray Alonso, segundo fray Vicente,
para ver sobre ello, y otros clérigos y frailes; y visto que en ninguna
manera se podían tolerar ni enmendar si no se hacía inquisición
sobre ello, denunciaron el caso por extenso a sus Altezas, y haciéndoles
saber cómo y quién y dónde se hacían las judaicas
ceremonias, y cómo cabían en personas poderosas y en muy gran
parte de la ciudad de Sevilla; y junto con esto fueron certificados que en
toda su Castilla había esta disforme dolencia; y hubieron Bulla del
Papa Sixto IV para proceder con justicia contra la dicha herejía por
vía del fuego. Concedióse la Bulla y ordenóse la Inquisición
el año de 1480.
CAPÍTULO XLIV.
De cómo comenzaron en Sevilla a prender y quemar y reconciliar los
herejes judaicos, y de la gran pestilencia del año de ochenta y uno.
Habida la Bulla para la Inquisición por sus Altezas del Papa Sixto
concedida, estando por Asistente de Sevilla Diego de Merlo, que era un honradísimo
cristiano caballero, muy discreto, y celoso de la fe de Jesucristo y de la
justicia, vinieron los primeros Inquisidores a Sevilla dos frailes de Santo
Domingo, un provincial y un vicario, el uno llamado fray Miguel, y el otro
fray Juan; y con ellos el Doctor de Medina, clérigo de San Pedro, los
cuales todos tres, así como uno, con gran diligencia comenzaron su
inquisición en comienzo del año de mil cuatrocientos ochenta
y uno. En muy pocos días por diversos modos y maneras, supieron toda
la verdad de la herética pravedad malvada, y comenzaron a prender hombres
y mujeres de los más culpados, y metíanlos en [el convento de]
San Pablo; o prendieron luego algunos de los más honrados y de los
más ricos, veinticuatros y jurados, o bachilleres o letrados, o hombres
de mucho favor; a éstos prendía el Asistente; y desde que esto
vieron huyeron de Sevilla muchos hombres y mujeres; y viendo que era menester,
demandaron los inquisidores el Castillo de Triana, donde se pasaron, o pasaron
los presos; y allí hicieron su Audiencia ; y tenían su Fiscal,
y alguacil y Escribanos, y cuanto era necesario, y hacían proceso según
la culpa de cada uno, y llamaban Letrados de la cuidad seglares, y a el Provisor
al ver de los procesos y ordenar de las sentencias, porque viesen cómo
se hacía la justicia, y no otra cosa, y comenzaron de sentenciar para
quemar en fuego; y sacaron a quemar la primera vez a Tablada seis hombres
y mujeres que quemaron, y predicó Fr. Alonso de San Pablo, celoso de
la fe de Jesucristo, el que mas procuró en Sevilla esta Inquisición;
y él no vio más de esta quema, que luego dende a pocos días
murió de pestilencia que entonces en la ciudad comenzaba de andar.
Y dende a pocos días quemaron tres de los principales de la ciudad
y de los más ricos, los cuales eran Diego de Susán, que decían
que valía lo suyo diez cuentos ; y era gran rabí, y según
pareció murió como cristiano; y el otro era Manuel Saulí,
y el otro Bartolomé de Torralba ; y prendieron a Pedro Fernández
Venedeva, que era mayordomo de la Iglesia, de los señores Deán
y Cabildo, que era de los más principales de ellos, y tenía
en su casa armas para armar cien hombres; y a Juan Fernández Albolasía,
que había sido muchos tiempos Alcalde de la justicia y era gran Letrado,
y a otros muchos, y muy principales, y muy ricos, a los cuales también
quemaron, y nunca les valieron los favores, ni las riquezas; y con esto todos
los confesos fueron muy espantados y habían muy gran miedo y huían
de la ciudad y del Arzobispado; y pusiéronles en Sevilla pena que no
huyesen, so pena de muerte, y pusieron guardas a las puertas de la ciudad;
y prendieron tantos que no había donde los tuviesen; y muchos huyeron
a las tierras de los señores, y a Portugal, y a tierra de moros. Este
año de 1481, no fue propicio a natura humana en esta Andalucía,
mas muy contrario y de gran pestilencia y muy general, que en todas las ciudades,
villas y lugares de esta Andalucía murieron en demasiada manera, que
en Sevilla murieron más de quince mil personas; y otras tantas en Córdoba,
y en Jerez, y en Écija más de cada ocho o nueve mil personas,
y así en todas las otras villas y lugares ; y después en el
Agosto alzóse la pestilencia, y con todo eso por más de ocho
años duró, que poco o mucho acudía, ora en una parte,
ora en otra de esta Andalucía, y el año de 1488 murieron en
Córdoba otra vez, generalmente decían, que aún más
cantidad del año de ochenta y uno, ya dicho. Así que tomando
al propósito, la Inquisición comenzada en el dicho año
de ochenta y uno, como vieron que se encendía la pestilencia, y huían
los cristianos viejos de Sevilla, demandaron licencia al Asistente los confesos
para se ir fuera de Sevilla por guarecer de la pestilencia, el cual se la
dio, con condición que llevasen cédulas para las guardas de
las puertas, o que no llevasen las haciendas, salvo cosas livianas de que
se sirviesen; y de esta manera salieron muchas gentes de la ciudad de ellos,
especialmente de la tierra del Marqués de Cádiz que era su enemigo,
desde las guerras del Duque. Vinieron más de ocho mil almas a Mairena,
y Marchena, y los Palacios, y los mandó acoger o hacer mucha honra,
o a la tierra del Duque de Medina o de otros señores así por
semejante; y de estos fueron muchos a parar a tierra de moros allende, o aquende,
a ser judíos como lo eran; o otros se fueron a Portugal, y otros a
Roma; y muchos se tomaron a Sevilla a los Padres Inquisidores, diciendo y
manifestando sus pecados y su herejía y demandando misericordia; y
los padres los recibieron, y se libraron bien y reconciliáronlos, y
hicieron públicas penitencias ciertos viernes, disciplinándose
por las calles de Sevilla en procesión. Y en aquel año de ochenta
y uno, desque los Inquisidores vieron que crecían las pestilencias
en Sevilla, fuéronse huyendo a Aracena, donde hallaron qué hacer
y prendieron y quemaron veinte y tres personas, hombres y mujeres, herejes
mal andantes, o hicieron quemar muchos huesos de algunos que hallaron que
habían muerto en la herética mosaica, llamándose cristianos,
y eran judíos, y así como judíos habían muerto.
Y aquel año desque cesó la pestilencia volviéronse los
Inquisidores a Sevilla y prosiguieron su Inquisición hasta todo el
año de ochenta y ocho, que fueron ocho años, quemaron más
de setecientas personas y reconciliaron más de cinco mil y echaron
en cárceles perpetuas, que ovo tales y estuvieron en ellas cuatro o
cinco años o más y sacáronles y echáronles cruces
y unos San Benitillos colorados atrás y adelante, y así anduvieron
mucho tiempo, y después se los quitaron porque no creciese el disfame
en la tierra viendo aquello. Entre los que he dicho quemaron en Sevilla en
tomo de aquellos dichos ocho años, quemaron a tres clérigos
de misa, y tres o cuatro frailes todos de este linaje de los confesos, y quemaron
un Doctor fraile de la Trinidad que llamaban Savariego, que era un gran predicador,
y gran falsario, hereje engañador, que le aconteció venir el
viernes Santo a predicar la Pasión y hartarse de carne. Quemaron infinitos
huesos de los Corrales de la Trinidad y San Agustín y San Bernardo,
de los confesos que allí se habían enterrado cada uno sobre
sí al uso judaico, y apregonaron y quemaron en estatua a muchos que
hallaron dañados do los judíos huidos.
Aquellos primeros inquisidores hicieron hacer aquel quemadero en Tablada,
con aquellos cuatro Profetas de yeso, en que los quemaban, y hasta que haya
herejía los quemarán. Muy hazañosa cosa fue el reconciliar
de esta gente, por donde se supo por sus confesiones, como todos eran judíos;
y súpose en Sevilla de los judíos de Córdoba, Toledo,
Burgos, Valencia y Segovia, y toda España; como todos eran judíos,
y estaban so aquella esperanza que el pueblo de Israel estuvo en Egipto, que
aunque hablan de los Egipcianos muchos majamientos, esperaban que Dios los
había de sacar de entre ellos como después los sacó,
con mano fuerte, y brazo extendido; y así ellos tenían que los
cristianos eran los Egipcianos, o peores, y creían que Dios milagrosamente
los sostenía y los defendía; y tenían que por mano de
Dios habían de ser acaudillados, visitados, y sacados de entre los
cristianos, y llevados en la santa tierra de promisión. So estas locas
esperanzas estaban y vivían entre los cristianos, como por ellos fue
manifestado y confesado, de manera que todo el linaje quedó infamado
o tocado de esta enfermedad. Hubo reconciliación en Sevilla que salían
en la procesión de estas disciplinas de los viernes más de quinientas
personas, hombres o mujeres, con las caras descubiertas por las calles.
Esta Santa Inquisición tuvo su comienzo en Sevilla, y después
fue en Córdoba, donde había otra tan grande sinagoga de malos
cristianos como en Sevilla; y después fueron puestos inquisidores por
toda Castilla, y Aragón, y son infinitos quemados, y condenados y reconciliados,
encarcelados en todos los Arzobispados y Obispados de Castilla o Aragón;
y muchos de los reconciliados tornaron a judaizar, que son quemados por el
mismo caso en Sevilla, y en las otras partes de Castilla. Ahora no quiero
escribir más de esto, que no es posible poderse escribir las maldades
de esta herética pravedad; salvo digo que, pues el fuego está
encendido, que quemará hasta que halle cabo al seco de la leña,
que será necesario arder hasta que sean desgastados y muertos todos
los que judaizaron, que no quede ninguno; y aun sus hijos los que eran de
veinte años arriba menos que fueran tocados de la misma lepra.
Fue este año de 1481 al comienzo desde Navidad en adelante de muy muchas
aguas y avenidas, de manera que Guadalquivir llevó y echó a
perder el Copero, que había en él ochenta vecinos, y otros muchos
lugares de su rivera, y subió la creciente por el Almenil de Sevilla
y por la Barranca de Coria en lo más alto que nunca subió, y
estuvo tres días que no descendió; y estuvo la Ciudad en mucho
temor de se perder por agua.
Andrés Bernáldez, cura de Palacios, Historia de los Reyes
Católicos don Fernando y doña Isabel, Madrid, B.A.E., LXX,
1953, p. 598b-602a.