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Reforma - corrientes religiosas disidentes

Descripción de Rodrigo de Valer hecha por Cipriano de Valera, en Los dos tratados del Papa y de la misa, Luis Usoz y Río (ed) – 1851 (recoge la ed. de 1599 y no la de 1588), p. 242-246.


"Cerca del año 1540 vivió en Sevilla un Rodrigo de Valer, natural de Lebrija, en donde también nació el doctísimo Antonio de Lebrija, restaurador de la lengua latina en nuestra España. Este Valer pasó su juventud, no en virtud ni en ejercicios espirituales, no en leer ni en meditar la Sagrada Escritura, sino en vanos y mundanos ejercicios como la juventud rica lo suele hacer... En medio de estos vanos ejercicios, no se sabe cómo ni por qué medio, Dios lo tocó, trocó y mudó en otro hombre bien diferente del primero, de tal manera que cuanto más había antes amado y seguido sus vanos ejercicios tanto más después los abominó, detestó y dejó, dándose con todo su corazón y poniendo todas las fuerzas de su cuerpo y de su entendimiento en ejercicios de piedad, leyendo y meditando la Sagrada Escritura. Valióle para esto un poco de noticia que tenía de la lengua latina. Porque alla se sabe la tiranía del Antecristo que no permite en España libros de la Sagrada escritura en lengua vulgar.


Muchos, no entendiendo el misterio que Dios obraba en Valer, tuvieron tan súbita y tan grande mutación por locura y falta de juicio… Pero los que tenían ojos veían que no era locura, ni borrachez sino mutación hecha por la mano del Altísimo. Veían que era el espíritu de Dios que movía a Valer. Mudado de esta manera, Valer tenía gran dolor y arrepentimiento de su vana vida pasada, y así se empleaba todo en ejercicios de piedad, hablando y tratando siempre de los principales puntos de la religión cristiana, leyendo y meditando la Sagrada Escritura, y diose tanto a leerla, que sabía gran parte de coro, la cual aplicaba muy a propósito a lo que trataba. Tenía cada día en Sevilla, donde residía, continuas disputas y debates con clérigos y frailes, decíales en la cara que ellos eran la causa de tanta corrupción que había no sólo en el estado eclesiástico mas en toda la república cristiana: la cual corrupción, decía ser tan grande que ninguna esperanza o muy poca había de enmienda. Por esta causa los reprehendía muy agriamente y esto no por rincones sino por medio de las plazas y calles y en las gradas de Sevilla: que es lugar donde los mercaderes se juntan dos veces al día para sus negocios: no les perdonaba ni popaba San Pablo (como lo cuenta S Lucas Act. 17, 16 y 17), se deshacía viendo la ciudad de Atenas tan dada a la idolatría: y disputaba con los judíos en su Sinagoga y en la plaza o ayuntamiento de hombres con lo que le ocurrían. Así nuestro Valer, viendo tan noble ciudad como Sevilla dada a tanta superstición e idolatría, y tan llena de escribas y fariseos, de tantos clérigos y frailes, disputaba con ellos en las plazas y calles: los reprendía y convencía por la Escritura. El mismo Dios, que antiguamente hizo hablar a San Pablo, hizo hablar a Valer: y como Pablo fue tenido por novelero y loco, así también Valer fue tenido por otro tal. Viéndose los nuevos fariseos tratados de esta manera, demandábanle de dónde le hubiese venido aquella sabiduría y noticia de cosas sagradas; de dónde le venía aquella osadía de tratar así tan descalzadamente a los eclesiásticos, que son los pilares de la Iglesia, siendo él seglar y no habiendo estudiado, ni dádose a virtud, más antes habiendo tan mal empleado su juventud en vanidades. Demandábanle: ¿Con qué autoridad hacía esto? ¿Quién lo había enviado? ¿Qué señal tenía de su vocación ? Estas mismas preguntas hicieron los viejos fariseos a Jesucristo y a sus apóstoles.


A estas preguntas respondía Valer cándida y constantemente. Decía que él había alcanzado aquella noción de cosas sagradas, no de las hediondas lagunas de sabiduría humana, sino del Espíritu de Dios que hace que ríos de verdad corran de los corazones de aquellos que verdaderamente creen en Cristo. Decíales que Dios y la causa que trataba, le daban osadía y atrevimiento ; decía que este Espíritu de Dios no estaba atado a ningún estado, por más eclesiástico que fuese: y principalmente el estado esclesiástico el más corrupto y perdido de cuantos estados había: decía que este espíritu había hecho antiguamente de seglares, idiotas y pescadores, apóstoles que mostrasen claramente la ceguedad e ignorancia a toda la sinagoga, tan enseñada en la Ley que llamasen con su predicación a todo el universo mundo a la ciencia de verdad y de salud. Decía que Cristo lo había enviado, que él hacía lo que hacía en nombre y en autoridad de Cristo, mas que la generación adúltera que había ya mucho tiempo degenerado de la verdadera raza de los hijos de Dios, pedía señal viendo que sus tinieblas eran muy manifiestas con a luz y el resplandor de la claridad.


En conclusión, hablando tan libre y constantemente, fue llamado de los inquisidores, Disputó Valer valerosamente de la verdadera Iglesia de Cristo, de sus males y señales, de la justificación del hombre y de otros semejantes puntos principales de la religión cristiana. Excusole por entonces su locura (como los inquisidores la llamaban ) y así lo enviaron, pero confiscándole primero todos cuanto tenía. Donoso medio para hacer a un loco volver en sus seso, quitarles sus bienes. Valer, con toda esa perdida de bienes no dejó por eso de proseguir como había comenzado. Pasados, pues, algunos años, por la misma causa lo volvieron a llamar: y pensando que aún todavía estaba loco, no lo quemaron, mas le hicieron recantar (sic) o desdecir: no en público auto sino a él solo en la Iglesia mayor entre dos coros. Con toda su locura lo condenaron a sambenito perpetuo y bien grande y a cárcel perpetua. De esta cárcel perpetua lo llevaban cada domingo con los demás penitenciados a la iglesia de San Salvador a oir misa y sermón. Estando allí sentado, oyendo el sermón, y siendo prisionero, muchas veces se levantaba, viéndolo todo el pueblo y contradecía al predicador cuando predicaba falsa doctrina. Pero los inquisidores, que en aquel tiempo no eran tan malos lo excusaban con pensar que estaba loco. Valiole también muy mucho a Valer ser cristiano viejo y no de raza de judíos ni de moros. Al fin, sacáronlo los inquisidores, de la cárcel perpetua de Sevilla y enviáronlo a San Lucar, al monasterio que llaman de nuestra señora de Barrameda donde murió siendo de cincuenta años y más. Por medio de este Valer, muchos que le oyeron y trataron tuvieron el conocimiento de la verdadera religión: y principalmente el cándido y buen doctor Egidio… [247] este Valer haber sido el primero que abiertamente y con gran constancia descubrió las tinieblas en nuestros tiempos en Sevilla.

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