"Cerca del año 1540 vivió en Sevilla un Rodrigo
de Valer, natural de Lebrija, en donde también nació
el doctísimo Antonio de Lebrija, restaurador de la lengua
latina en nuestra España. Este Valer pasó su juventud,
no en virtud ni en ejercicios espirituales, no en leer ni en meditar
la Sagrada Escritura, sino en vanos y mundanos ejercicios como la
juventud rica lo suele hacer... En medio de estos vanos ejercicios,
no se sabe cómo ni por qué medio, Dios lo tocó,
trocó y mudó en otro hombre bien diferente del primero,
de tal manera que cuanto más había antes amado y seguido
sus vanos ejercicios tanto más después los abominó,
detestó y dejó, dándose con todo su corazón
y poniendo todas las fuerzas de su cuerpo y de su entendimiento
en ejercicios de piedad, leyendo y meditando la Sagrada Escritura.
Valióle para esto un poco de noticia que tenía de
la lengua latina. Porque alla se sabe la tiranía del Antecristo
que no permite en España libros de la Sagrada escritura en
lengua vulgar.
Muchos, no entendiendo el misterio que Dios obraba en Valer, tuvieron
tan súbita y tan grande mutación por locura y falta
de juicio… Pero los que tenían ojos veían que
no era locura, ni borrachez sino mutación hecha por la mano
del Altísimo. Veían que era el espíritu de
Dios que movía a Valer. Mudado de esta manera, Valer tenía
gran dolor y arrepentimiento de su vana vida pasada, y así
se empleaba todo en ejercicios de piedad, hablando y tratando siempre
de los principales puntos de la religión cristiana, leyendo
y meditando la Sagrada Escritura, y diose tanto a leerla, que sabía
gran parte de coro, la cual aplicaba muy a propósito a lo
que trataba. Tenía cada día en Sevilla, donde residía,
continuas disputas y debates con clérigos y frailes, decíales
en la cara que ellos eran la causa de tanta corrupción que
había no sólo en el estado eclesiástico mas
en toda la república cristiana: la cual corrupción,
decía ser tan grande que ninguna esperanza o muy poca había
de enmienda. Por esta causa los reprehendía muy agriamente
y esto no por rincones sino por medio de las plazas y calles y en
las gradas de Sevilla: que es lugar donde los mercaderes se juntan
dos veces al día para sus negocios: no les perdonaba ni popaba
San Pablo (como lo cuenta S Lucas Act. 17, 16 y 17), se deshacía
viendo la ciudad de Atenas tan dada a la idolatría: y disputaba
con los judíos en su Sinagoga y en la plaza o ayuntamiento
de hombres con lo que le ocurrían. Así nuestro Valer,
viendo tan noble ciudad como Sevilla dada a tanta superstición
e idolatría, y tan llena de escribas y fariseos, de tantos
clérigos y frailes, disputaba con ellos en las plazas y calles:
los reprendía y convencía por la Escritura. El mismo
Dios, que antiguamente hizo hablar a San Pablo, hizo hablar a Valer:
y como Pablo fue tenido por novelero y loco, así también
Valer fue tenido por otro tal. Viéndose los nuevos fariseos
tratados de esta manera, demandábanle de dónde le
hubiese venido aquella sabiduría y noticia de cosas sagradas;
de dónde le venía aquella osadía de tratar
así tan descalzadamente a los eclesiásticos, que son
los pilares de la Iglesia, siendo él seglar y no habiendo
estudiado, ni dádose a virtud, más antes habiendo
tan mal empleado su juventud en vanidades. Demandábanle:
¿Con qué autoridad hacía esto? ¿Quién
lo había enviado? ¿Qué señal tenía
de su vocación ? Estas mismas preguntas hicieron los viejos
fariseos a Jesucristo y a sus apóstoles.
A estas preguntas respondía Valer cándida y constantemente.
Decía que él había alcanzado aquella noción
de cosas sagradas, no de las hediondas lagunas de sabiduría
humana, sino del Espíritu de Dios que hace que ríos
de verdad corran de los corazones de aquellos que verdaderamente
creen en Cristo. Decíales que Dios y la causa que trataba,
le daban osadía y atrevimiento ; decía que este Espíritu
de Dios no estaba atado a ningún estado, por más eclesiástico
que fuese: y principalmente el estado esclesiástico el más
corrupto y perdido de cuantos estados había: decía
que este espíritu había hecho antiguamente de seglares,
idiotas y pescadores, apóstoles que mostrasen claramente
la ceguedad e ignorancia a toda la sinagoga, tan enseñada
en la Ley que llamasen con su predicación a todo el universo
mundo a la ciencia de verdad y de salud. Decía que Cristo
lo había enviado, que él hacía lo que hacía
en nombre y en autoridad de Cristo, mas que la generación
adúltera que había ya mucho tiempo degenerado de la
verdadera raza de los hijos de Dios, pedía señal viendo
que sus tinieblas eran muy manifiestas con a luz y el resplandor
de la claridad.
En conclusión, hablando tan libre y constantemente, fue llamado
de los inquisidores, Disputó Valer valerosamente de la verdadera
Iglesia de Cristo, de sus males y señales, de la justificación
del hombre y de otros semejantes puntos principales de la religión
cristiana. Excusole por entonces su locura (como los inquisidores
la llamaban ) y así lo enviaron, pero confiscándole
primero todos cuanto tenía. Donoso medio para hacer a un
loco volver en sus seso, quitarles sus bienes. Valer, con toda esa
perdida de bienes no dejó por eso de proseguir como había
comenzado. Pasados, pues, algunos años, por la misma causa
lo volvieron a llamar: y pensando que aún todavía
estaba loco, no lo quemaron, mas le hicieron recantar (sic) o desdecir:
no en público auto sino a él solo en la Iglesia mayor
entre dos coros. Con toda su locura lo condenaron a sambenito perpetuo
y bien grande y a cárcel perpetua. De esta cárcel
perpetua lo llevaban cada domingo con los demás penitenciados
a la iglesia de San Salvador a oir misa y sermón. Estando
allí sentado, oyendo el sermón, y siendo prisionero,
muchas veces se levantaba, viéndolo todo el pueblo y contradecía
al predicador cuando predicaba falsa doctrina. Pero los inquisidores,
que en aquel tiempo no eran tan malos lo excusaban con pensar que
estaba loco. Valiole también muy mucho a Valer ser cristiano
viejo y no de raza de judíos ni de moros. Al fin, sacáronlo
los inquisidores, de la cárcel perpetua de Sevilla y enviáronlo
a San Lucar, al monasterio que llaman de nuestra señora de
Barrameda donde murió siendo de cincuenta años y más.
Por medio de este Valer, muchos que le oyeron y trataron tuvieron
el conocimiento de la verdadera religión: y principalmente
el cándido y buen doctor Egidio… [247] este Valer haber
sido el primero que abiertamente y con gran constancia descubrió
las tinieblas en nuestros tiempos en Sevilla.